Marguerite Alibert nació en diciembre de 1890 en París, en una familia humilde: su padre era cochero y su madre, ama de llaves para familias adineradas. Desde niña, Marguerite observó de cerca la vida de la élite y soñó con formar parte de ella. A los quince años, una tragedia marcó su adolescencia cuando su hermano menor murió atropellado. Sus padres la responsabilizaron por el accidente y la enviaron a un convento, donde fue castigada y culpada continuamente, fortaleciendo un carácter obstinado que la acompañaría toda su vida.

A los dieciséis años, comenzó a trabajar como empleada doméstica y quedó embarazada de su hija Raymonde, aunque nunca se aclaró quién fue el padre. Este embarazo le costó el trabajo y limitó sus opciones para subsistir. Ante dificultades para conseguir empleo, llevó a su hija a vivir a una granja en la zona rural francesa, donde permanecieron separadas casi siete años.
Decidida a no volver a la pobreza, Marguerite comenzó a prostituirse en las calles de París y cantaba en bares para complementar sus ingresos. Su belleza particular —baja, de piel clara y cabello rojizo—, junto con su encanto, llamó la atención de Madame de Nart, dueña de un exclusivo burdel frecuentado por la alta sociedad parisina. Así, Marguerite dejó de ser una prostituta callejera para convertirse en una cortesana de alto standing, desarrollando habilidades sociales para moverse con soltura entre empresarios, aristócratas y hombres influyentes.
Con el tiempo, perfeccionó disciplinas como el baile, el canto, el piano y la equitación, forjando una imagen refinada que le permitió usar sus relaciones amorosas como herramienta de ascenso social. Su primer romance conocido fue con André Meller, un comerciante de vino 24 años mayor que ella, con quien estuvo hasta 1913; tras la ruptura, recibió 200 mil francos —equivalentes a 6.5 millones de dólares actuales— para cerrar la relación en buenos términos. A lo largo de los años, mantuvo varios amantes simultáneamente, acumulando así fortunas en dinero, regalos y propiedades.
En 1917, durante la Primera Guerra Mundial, Marguerite conoció al príncipe Eduardo de Gales, futuro rey Eduardo VIII, quien estaba destinado en Francia. Tras un encuentro organizado por aristócratas, ambos iniciaron un apasionado romance que duró aproximadamente un año, marcado por encuentros secretos, correspondencia constante y regalos. Las cartas de Eduardo contenían no solo declaraciones de amor, sino también críticas hacia su padre, el rey Jorge V, y referencias a temas políticos y aspectos íntimos de su relación, lo que representaba un riesgo mayor si llegaban a hacerse públicas.
Cuando el príncipe perdió interés en 1918 y comenzó otra relación, Marguerite guardó esas cartas, reconociendo su valor, aunque no las usó entonces para obtener dinero. Mientras tanto, contrajo matrimonio con un oficial de la Fuerza Aérea, de quien se divorció meses después, y continuó incrementando su patrimonio, que incluía una residencia lujosa, automóviles, sirvientes, limusinas y caballos. También se acercó nuevamente a su hija, enviándola a estudiar a un prestigioso internado en Inglaterra, integrándola así a la vida acomodada que siempre había perseguido.
En 1922, Marguerite conoció a Ali Kamel Fahmy Bey, un aristócrata egipcio de gran fortuna, a quien la prensa y la sociedad llamaban “príncipe”. Aprovechando esta nueva oportunidad, se convirtió al islam y se casó con él en 1923, adquiriendo el título de princesa Fahmy. Sin embargo, imponía condiciones a su esposo: continuar vistiendo ropa occidental y conservar el derecho al divorcio. Ali aceptó, pero más tarde descubrió que el acuerdo había sido modificado sin su conocimiento.
Establecidos en Egipto, las diferencias entre la pareja aumentaron: Ali consideraba humillante la independencia de Marguerite, mientras ella rechazaba comportarse con la sumisión esperada para una mujer de esa clase social. Los constantes conflictos y resentimientos culminaron el 9 de julio de 1923, cuando, tras regresar al Hotel Savoy de Londres después de una función teatral, la pareja discutió y horas después se oyeron disparos.
Ali Fahmy Bey murió en la habitación y Marguerite fue acusada de asesinato. A pesar de la existencia de testigos, incongruencias en su versión y el hecho de que la víctima recibió disparos por la espalda, el juicio trascendió el proceso por homicidio. Las cartas de Eduardo resurgieron como una amenaza para la monarquía británica, ya que su contenido podía desatar un escándalo político de gran magnitud.
La defensa pintó a Ali como un hombre violento y depravado, mientras que Marguerite afirmó haber actuado en defensa propia. El caso se convirtió en un espectáculo nacional seguido con atención por la prensa. Tras apenas una hora de deliberación, el jurado absolvió a Marguerite, quien quedó libre y pasó a la historia como la mujer que mató a un supuesto príncipe y salió impune.
De regreso en París, continuó frecuentando ambientes adinerados, hizo algunas apariciones cinematográficas y vivió cómodamente gracias a la fortuna acumulada. Marguerite Alibert murió en 1971, a los ochenta años, convertida en una mujer inmensamente rica.
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